-afuera
la vida en su rueda eterna- es una frase que me gusta mucho, me dice mucho, me recuerda más. Los días pasan y pasan ligeramente desapercibidos, como no queriendo que me dé cuenta de que se van. Anoche, anoche…
Anoche me fui de parranda, a Guanajuato, de supuesta cacería, ja ja ja, como pantera queriéndose almorzar a los demás animales del zoológico. Me divertíhorrores, eso sí. Recordé esa capacidad tan buena que tengo para gozarme, y no estarme peleando conmigo mismo todo el tiempo. Cosa curiosa, sólo me tomé tres cubas y me emborraché. Me pusé mal, mal mal, muy mal. Es más yo creo que tenía años sin abrazar porcelana. No hice desastres, o por lo menos no me enteré. El caso es que hoy que desperté lo hice muy feliz, muy liberado, como si me hubiera quitado no sé cuantos pesos de encima. Mi teoría es que lo que necesitaba era una borrachera de ésas pa’ volver al camino, después de tantos meses guardándome tantas cosas aún sin querer, ésas que no se van con las siestas, ni con las pláticas, ni con lágrimas ni con letras. Tal vez el sentimiento de liberación se debiera a que es justo allá afuera donde me siento capaz de ser humano, de rodar y caerme, de sufrir y romperme. Desafortunadamente hay cosas que nunca cambian, como las personas que invariablemente vienen a la mente en el punto más álgido de la peda, por lo menos en esta ocasión me fue imposible llamarle y convertirme [por ocasión #n] en un borrachito despechado.
Desayuné y me subíen un autobus, tenía como tres años sin hacerlo. Afortunadamente hay cosas que nunca cambian y el pasaje todavía cuesta $2.50. Volvía mi casa con una cruda fenomenal.
sin opiniones no hay controversia